La sortija que no se pierde: 85 años de historia y magia en la calesita de Plaza Arenales

En el corazón de Villa Devoto, la tradicional Calesita de Tito continúa girando y reuniendo a generaciones de vecinos. Con 85 años de historia, es mucho más que un entretenimiento infantil: es parte de la identidad del barrio y una postal viva de una ciudad que cambia sin detenerse.

Cada tarde, cuando la música comienza a sonar y los caballitos de madera empiezan a dar vueltas, en Plaza Arenales parece abrirse una pequeña ventana hacia otra época. Allí está la Calesita de Tito, uno de esos lugares que parecen permanecer ajenos al paso del tiempo y que, para varias generaciones de vecinos de Villa Devoto, forman parte de los recuerdos más entrañables de la infancia.

Con 85 años de existencia, la calesita es una verdadera pieza del patrimonio porteño. Pero su historia no se explica solamente por su antigüedad. Su valor también está en los vínculos que construyó con el barrio y en las innumerables historias que sucedieron alrededor de sus vueltas. Padres que alguna vez fueron chicos y esperaron ansiosos su turno, abuelos que hoy llevan a sus nietos y niños que descubren por primera vez el desafío de atrapar la sortija forman parte de una misma tradición.

En ese recorrido, Tito ocupa un lugar central. Durante cuatro décadas estuvo al frente de la calesita y se convirtió en una figura reconocible para los vecinos. Su trabajo fue mucho más allá de hacer girar el carrusel. Con el paso de los años aprendió nombres, conoció familias y compartió conversaciones cotidianas con los chicos que llegaban después de la escuela. Para muchos, encontrarse con Tito también era encontrarse con alguien conocido, una presencia familiar en medio de la vida cotidiana del barrio.

Un juego que sobrevivió a las pantallas

La calesita también permite observar cómo cambiaron las formas de jugar. Décadas atrás, era habitual que chicos de hasta diez años ocuparan sus asientos, disfrutaran de las figuras de madera y compitieran por alcanzar la sortija durante las vueltas. Hoy, el público infantil es más pequeño y buena parte del tiempo libre transcurre frente a celulares, tabletas, computadoras y videojuegos.

Sin embargo, cuando la música empieza a sonar, la propuesta sigue siendo la misma. Subirse, dar vueltas, mirar las figuras y tratar de atrapar la sortija continúa despertando entusiasmo. En una época marcada por la inmediatez y la tecnología, la calesita ofrece algo sencillo: un momento de juego compartido, sin pantallas y con la posibilidad de imaginar.

Porque dentro de ese pequeño mundo giratorio no hay solamente caballos, carrozas o personajes de madera. Hay aventuras. Cada vuelta puede convertirse en un viaje imaginario en el que los chicos se transforman en jinetes, piratas, príncipes o exploradores. La fantasía no necesita conexión a Internet ni baterías: alcanza con la música, el movimiento y la imaginación.

Una reliquia que sigue girando

La Calesita de Tito ocupa además un lugar destacado entre las tradicionales calesitas porteñas. Buenos Aires cuenta con 55 de estos espacios reconocidos como Patrimonio Cultural de la Ciudad, y la de Plaza Arenales se destaca por sus 85 años de historia.

Su permanencia resulta especialmente significativa en un barrio como Villa Devoto, que durante las últimas décadas atravesó importantes transformaciones. Nuevas construcciones, comercios, cambios en las costumbres y distintas generaciones de habitantes modificaron el paisaje urbano. Pero la calesita continúa allí, como una referencia que permite reconocer al barrio a través de los recuerdos.

Esa continuidad convierte a la atracción en mucho más que una pieza antigua. Es un lugar de encuentro y una forma de mantener viva una costumbre que podría haberse perdido. Cada nueva generación que se sube ayuda, de alguna manera, a que la historia continúe.

La infancia como patrimonio

La tradición de las calesitas también encuentra un espacio en las propuestas educativas de la Ciudad de Buenos Aires. Las escuelas porteñas pueden realizar visitas gratuitas para que los alumnos conozcan estos lugares, se acerquen a su historia y disfruten de una experiencia diferente a las actividades habituales.

Más de un centenar de grupos escolares ya participaron de estas visitas, que buscan recuperar el valor del juego y generar espacios de encuentro alejados, aunque sea por un rato, de las pantallas.

En Plaza Arenales, esa historia se mantiene viva cada vez que un niño espera su turno, elige un caballo y se prepara para la primera vuelta. También cuando un adulto observa desde afuera y recuerda que alguna vez estuvo sentado allí.

La Calesita de Tito lleva 85 años girando. Cambiaron los chicos, cambiaron.

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