La calesita más antigua de la Ciudad sigue girando en Villa Devoto

En una ciudad que no para, donde todo cambia y se renueva a un ritmo cada vez más rápido, todavía quedan lugares donde el tiempo parece haberse detenido. Uno de ellos está en Villa Devoto, en la tradicional Plaza Arenales, donde desde hace más de ocho décadas gira una calesita que se convirtió en parte de la memoria colectiva de Buenos Aires.

Se trata de la calesita más antigua de la Ciudad en funcionamiento continuo. Está ahí desde 1938, resistiendo modas, crisis y transformaciones urbanas. Mientras alrededor crecen edificios y cambian las costumbres, adentro suena la misma música, los caballitos siguen dando vueltas y la sortija mantiene viva una promesa simple: ganar otra vuelta.

No es un dato menor. Según registros históricos, la primera calesita porteña se instaló entre 1867 y 1870 en Plaza Lavalle. Pero la de Devoto tiene algo que la vuelve única: nunca dejó de funcionar. Esa continuidad la convirtió en un símbolo del patrimonio barrial, en un punto de encuentro que atraviesa generaciones.

La escena es conocida para cualquiera que haya pasado por la plaza. Familias sentadas en los bancos, chicos esperando su turno, abuelos que miran con una mezcla de nostalgia y orgullo. La calesita no es solo un juego: es una postal viva de la infancia porteña.

Detrás de esa persistencia hay una figura clave. Adelino Luis Da Costa, aunque casi nadie lo llama así. Para el barrio, simplemente es Tito. Hace más de 40 años que está al frente de la calesita, cuidando cada detalle para que todo funcione como siempre.

Tito no solo la mantiene en marcha. La sostiene como se sostienen las cosas importantes: con constancia, con dedicación y con una idea clara de lo que representa. Para muchos vecinos, su presencia es tan inseparable de la calesita como los propios caballitos.

En tiempos donde la tecnología redefine la forma en que los chicos juegan, este rincón de Devoto ofrece algo distinto. No hay pantallas ni estímulos digitales. Hay música, movimiento y una lógica sencilla que sigue funcionando: subirse, girar, reírse.

Quizás por eso la calesita sigue ahí. No como una pieza de museo, sino como algo vivo. Porque más allá de los años, conserva intacta una función que no pasa de moda: hacer que, por un rato, la infancia sea exactamente lo que tiene que ser.

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