En una esquina tranquila de Villa Devoto, donde el ritmo todavía se parece más al de un pueblo que al de una gran ciudad, hay un bar que resiste al paso del tiempo. No con nostalgia vacía, sino con algo más difícil de lograr: continuidad. El Café de García está a punto de cumplir 100 años y, lejos de convertirse en una postal congelada, sigue siendo un punto de encuentro vivo, de esos que no necesitan reinventarse todo el tiempo para seguir vigentes.
Leer más: Café de García: el bar notable de Villa Devoto que conquistó a Maradona y llega a sus 100 años sin perder su esenciaFundado en 1927 por Metodio García y Carolina Urbina, el bar nació con una impronta bien marcada: cocina de raíz española, porciones generosas y un clima de cercanía que todavía hoy se respira apenas uno cruza la puerta. La esquina de Sanabria y Varela fue creciendo alrededor suyo, pero el café logró sostener algo que no siempre es fácil: identidad.
La historia familiar también dejó su huella. Durante décadas, el lugar estuvo en manos de los hijos de los fundadores. Hugo, taxista, y Rubén, que conocía el oficio desde adentro como mozo y cocinero, mantuvieron el negocio con una lógica simple: hacer bien las cosas y cuidar a los clientes. Tras la muerte de Rubén en 2015, Hugo siguió adelante hasta 2022, cuando por cuestiones personales decidió vender. Ahí podría haberse quebrado todo. Sin embargo, pasó lo contrario.
Después de dos años de obras, el bar reabrió en enero de 2024 bajo una nueva gestión que entendió algo clave: no todo lo que se moderniza mejora. El desafío era otro. Ajustar lo necesario sin tocar lo esencial. Y en ese equilibrio fino parece estar la clave de esta nueva etapa.
Puertas adentro, el tiempo no está detenido, pero sí presente. Hay fotos que cuentan historias sin epígrafes, objetos que nadie se anima a sacar y un aire de club de barrio que no se compra ni se diseña. Se construye con años, con rutinas, con caras conocidas. Por esas mesas pasaron escritores, músicos y, sobre todo, vecinos. Muchos vecinos.
Entre ellos, uno que convirtió su visita en leyenda: Diego Armando Maradona. El vínculo no fue casual ni esporádico. Maradona era habitué y tenía su debilidad bien definida dentro de la carta. No venía a experimentar, venía a lo seguro.
Si hay un plato que sintetiza el espíritu del lugar, es la “Picada García”. No es una entrada ni un acompañamiento: es un plan en sí mismo. Pensada para compartir, llega a la mesa en dos tiempos y despliega una lógica que mezcla tradición, abundancia y cierta ceremonia.
Primero aparecen los fríos, esos que remiten directo a la cocina de bodegón: vitel toné, tortilla, berenjenas en escabeche, pionono, leberwurst con pickles, salames de distintos tipos, quesos que van del ahumado al azul y un jamón crudo que no necesita presentación. Después llega la segunda parte, la caliente, donde el menú se vuelve más contundente: salchichitas envueltas en panceta con reducción de vermú, albóndigas al fileto, croquetas, panzotis fritos, buñuelos de acelga, papas fritas y rabas.
No hay truco ni sorpresa gourmet. Hay oficio. Y eso, en tiempos donde todo busca destacarse a fuerza de novedad, termina siendo diferencial.
El Café de García no se sostiene solo por su historia ni por haber sido frecuentado por una figura como Maradona. Sigue en pie porque logra algo que muchos intentan y pocos consiguen: ser fiel a sí mismo sin quedar atrapado en el pasado. En una ciudad donde los bares van y vienen, donde los cierres son moneda corriente y las aperturas suelen apostar más a la estética que al contenido, este rincón de Devoto ofrece otra cosa.
Tal vez por eso está a punto de cumplir un siglo. No como un museo, sino como un bar. Que no es poco.